El espíritu de la Martona

El espíritu de la Martona

“Queridos hijos, hoy decidí comenzar a escribiros estas cartas: Sé que no las leeréis, no al menos en bastante tiempo. Comprendo que en estos momentos andáis ocupados recorriendo vuestras propias sendas, esas que en la adolescencia son veredas recién descubiertas y no dejan hueco ni tiempo para nada más. Pero también sé que algún día, cuando os preguntéis hacia dónde os conducen esos caminos que hoy iniciáis, buscaréis las respuestas que demanden vuestros por qués; es entonces cuando espero que la providencia ponga estos textos epistolares en vuestras manos; no porque necesite de ese aliciente para escribirlos, como no necesito respuestas que justifique mis desvelos, ni agradecimientos que abonen los cariños y plegarias con las que os arropo, sino porque sé que no es posible descubrir hacia dónde se va sin antes comprender de dónde se viene.

Por eso, en estas cartas que hoy inicio, os iré narrando mi experiencia intentando descubrir las avenidas de mi propio pasado en las de mis padres y abuelos, y junto a estas, las de aquellos amigos con quienes compartieron buena parte de su propia experiencia vital. Porque ya llegué a esa edad en la que comprendí que la vida es sobre todo cuestión de ir completando etapas; etapas de comprensiones paulatinas que van desmembrándonos a través de la visión fragmentada del mundo que nos rodea, moldeándolo para que encaje en cada momento en las necesidades de nuestros propios miedos e inseguridades:

Al inicio de nuestras vidas creemos que nuestros padres son todopoderosos, los más guapos, los más sabios…

Más tarde, durante la adolescencia, los llegamos a percibir como un incordio, incapaces de comprender nuestro rollo, apenas una aduana necesaria, pues seguimos dependiendo de ellos para muchas cosas.

Pasado este periodo, justo después de que hayamos creído que ya lo habíamos descubierto todo, comenzamos a percibir que tal vez ellos no eran tan ignorantes, que a lo mejor tampoco nosotros habíamos aprendido tanto, y que quizás haríamos bien escuchándolos más a menudo.

Luego, cuando nosotros mismos nos convertimos en ese incordio presente para otros hijos adolescentes, caemos en la cuenta, no sin una gran carga de ternura, de que todo aquello que nos sacó de quicio en el pasado, cuando os malcriaban a escondidas, no eran otra cosa que las pruebas de su derrota; la rendición sin paliativos a un amor desmedido lleno de caritas suplicantes que desarmaron de cualquier munición de autoridad sus vidas, dejándolos a merced de la corriente cambiante de ese calor recién descubierto.

Al final, cuando comenzáis a no necesitar de nuestro tiempo y nosotros empezamos a poder prescindir del suyo como ayuda, descubrimos en ellos algo más que a las personas que han formado parte de nuestra cotidianidad durante toda nuestra existencia; descubrimos que son nuestras raíces, nuestra memoria, la viga maestra que sustenta nuestra historia. Descubrimos también que su camino se enlaza, a su vez, con otros caminos e historias que van componiendo ese grupo que llamamos pueblo, país y humanidad.

Porque la historia siempre está compuesta por pequeñas crónicas, pequeñas biografías individuales que van tejiendo y conformando el tapiz que ha de servir de soporte a esa cronología de la que se nutre nuestra memoria.

Con estas reflexiones como telón de fondo, hace algo más de un año, caí en la cuenta que las historias con el paso del tiempo van desdibujándose y desprendiéndose de la energía que les da vida, sumiéndolas en un letargo continuado que nos permite seguir escribiendo la nuestra. Quizás se trate de un mecanismo de supervivencia, al fin y al cabo el show debe continuar.”

Así comienza la primera de las veintisiete cartas que componen mi nuevo libro.

Un libro intimista que rescata la memoria de un grupo de amigos que se encontraron cuando apenas superaban la adolescencia y que supieron remendar un bonito tapiz de historias entrelazadas que llegaron hasta nuestros días. Familias normales, que no cuentan gestas trascendentes, pero que van componiendo el hilo conductor que da sentido a nuestra propia historia.

Jóvenes que se conocieron cuando el mundo, este país y nuestro pueblo distaba mucho de la imagen que ahora podemos tener. Chicos que, en algunos casos, tuvieron que compartir piso y trabajo muy lejos del país que les vio nacer, que debieron normalizar la falta de formación académica buscando oportunidades en el sector de la construcción, en una España que intentaba levantarse y reconstruirse, lamiéndose aún las heridas de una terrible guerra civil.

Este grupo de hombres y mujeres que enfrentaba su destino con la fortaleza de haber vivido el tiempo del no tener, logró alcanzar las mieles de pequeños lujos especialmente dulces a paladares curtidos en la escasez. Juntos alquilaron un cortijo en Cazalla de la Sierra, donde se reunían a menudo, compartiendo afición y convivencia, y creando lazos que perdurarían en el tiempo y que sería la génesis de una casa común en la feria, que nos uniría hasta el día de hoy.

Una de las parejas que entrevisté le puso nombre a toda esta energía, a ese no se qué, que qué se yo que se produce cada año en nuestra caseta, a pesar de la estrechez o, quien sabe, tal vez debido a ella: Fue Rafael Tirado, mientras lo entrevistaba y divagábamos sobre esto y aquello me dijo: -niña, ese es «el espíritu de La Martona»-.

Ya me conocéis, no pude evitarlo; la definición me atrapó al punto de quedármelo como título para esta serie de cartas.

Ha sido un proceso largo que ha requerido de muchísimas horas: entrevistas a cada uno de sus protagonistas; audición de cada una de ellas, para sacar la esencia de cada historia y  recopilación de imágenes e historias colaterales que completaban los datos que ellos me iban aportando.

En cualquier caso, confieso que, sin duda, ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, pues hoy, cuando ando enfrascada en los últimos repasos y componiendo la estética que dará forma a este libro, tengo que agradecer a cada socio fundador que me abriera las puertas de su casa y de su corazón, para recibirme con el cariño que se recibe a quien forma parte indiscutible de tu vida. Todos y cada uno de ellos fueron consiguiendo la transmutación alquímica necesaria para que, en adelante, mis ferias ya jamás fueran como hasta entonces.

A partir de ahora mis abriles ya tendrán siempre otro color: el del brillo que reflejan los ojos de aquellos entrañables socios que aprendí a conocer; otro sonido: el de las risas cantarinas de pequeños y mayores que se sienten parte por igual de este hermoso tapiz, y otro sentido: el del silencioso sentimiento de amistad que subyace bajo cada fiesta compartida en esta gran familia.

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