Juan cuelgaratas

La figura inerte aún se tambaleaba a seis palmos de la acera.

Juan cuelgaratas creía que nada existía cuando no se miraba; que un hecho era invisible para quienes no hubiesen sido testigo del mismo. Por eso mataba ratas y las colgaba con alambres. Lo hacía desde que era pequeño y otros niños le dejaron creer que si se tapaba la cara desaparecía a la vista de los demás.

Todos en el pueblo simulaban no verlas; ese juego se había convertido una diversión y parte de la identidad de Arroyoescondido; un pueblo de no más de varias decenas de habitantes en la cordillera pirenáica.

En invierno el pueblo quedaba aislado y en privamera tenía difícil acceso. Pocos se aventuraban por aquellos riscos; Manuel, el camionero, que llevaba veinte años surtiendo al único supermercado, don Ramón, el médico, que pasaba consulta una vez a la semana y que se jubilaría pocos días más tarde y, si acaso, media docena más de almas que, a fuerza de costumbre, le habían perdido el miedo a sus accesos y habían asumido su papel en el juego; hasta el cabrero Apolunio, que aparecía por el pueblo cada mes de marzo.

Era día de calles desiertas y domingo de misa, pero el pequeño Joaquín se había entretenido con el loro de María Luisa y no había entrado en la iglesia. Encontraron el cuerpo del niño, colgado de alambres, a seis palmos del suelo; pendía del rótulo que Sagrario, la dueña del supermercado, había colocado dos días antes “pan recién hecho”.

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