Kant, la kabalah y cómo es posible el imperativo categórico

Kant, la kabalah y cómo es posible el imperativo categórico; así he querido titular el presente trabajo y, aunque la pretención de unir en un mismo texto ambas cosas pueda pareder anacrónica y pretenciosa, espero poder demostrar que dicha pretención no solo está justificada sino que resulta casi imprescindible si se quiere entender la ética kantiana en toda su dimensión.

Quisiera realizar este trabajo centrándome en el Imperativo Categórico de la Ética kantiana, y especialmente en el último apartado, donde se recoge la pregunta ¿Cómo es posible el Imperativo Categórico?[1], así como la relación de ambos con los fundamentos de la kabalah

El motivo de esta elección es que considero que es aquí donde Kant pretende hilar fino sobre como concibe la esencia de su “Imperativo Categórico” y, por tanto, la esencia de su Ética, pero es también donde la profundidad del concepto puede llevar, con más facilidad, a percibir contradicciones que nos conducen a callejones sin salida.

Este texto, que debemos incluir en el contexto del Idealismo Ilustrado y como parte de la filosofía especulativa recogida en el texto “Crítica de la razón pura”; parte de una imposibilidad, por parte del hombre, para conocer metafísicamente: pues, según Kant, el conocimiento sí es posible, pues es posible la ciencia, pero todo conocimiento se refiere a la naturaleza fenoménica, sobre la que hacemos ciencia, luego lo que no podemos conocer es el noúmeno, como principio metafísico que constituye la cosa en sí, libre de toda determinación espacio-temporal.

Con la intención de contextualizar también su filosofía, diré que el autor, aunque bebe de ambos, se opone por un lado a la duda cartesiana, de la que solo admite la primera meditación, donde Descartes llega a su “cogito ergo sum” y por otro a Hume, de quien dijo que lo había despertado de su sueño dogmático, pero del que no acepta su radical positivismo.

El meollo de su ética se desarrolla en dos vertientes, a mi entender; la primera en dilucidar teóricamente el Imperativo Categórico: ¿cómo es posible un Imperativo, que exige autonomía y libertad absoluta, pero que resulta de una exigencia absoluta en cuanto a su configuración?; y la segunda en, ¿cómo podemos llevar a la práctica, desde nuestra naturaleza sensible, un Imperativo que debe desprenderse por completo de dicha naturaleza?

Y es ahí donde nos encontramos la dificultad de interpretación para su Ética.

Lo primero que llamó mi atención cuando comencé a pensar la Ética kantiana fue la opinión generalizada en cuanto a la rigidez de los preceptos morales kantianos; en diversos foros se discutía y daba por hecho que para que el Imperativo Categórico fuese considerado como tal, no podía existir más motivación detrás de un acto moral, que el cumplimiento del deber, pues cualquier otro orden de consideraciones distinto estaría “adulterando”, el fundamento mismo de dicho imperativo. Por otro lado y, dado que la segunda condición de dicho fundamento reza tal que  “actúa de tal modo que quisieras ver convertida a tu máxima en una ley universal”, entendí que era en la conjunción de estos dos “preceptos” donde se producía una dificultad para llegar a una comprensión adecuada del conjunto.

La clave está en que en una primera comprensión lógica de lo que se deduce de ambos, nos encontramos con supuestos claramente contradictorios que nos llevan a un callejón sin salida.

Por ejemplo: ¿querías que la posibilidad de mentir llegara a convertirse en una ley universal? La respuesta obvia no; nadie quiere a priori que le mientan, así que dudo que nadie respondiera afirmativamente a esta cuestión. Luego, atendiendo la necesidad de no adulterar el acto moral con ninguna otra consideración, podríamos concluir que ese “no” no admite excepciones. Pero ¿y si, dentro de un ambiente dictatorial, una chica llama a tu puerta pidiendo refugio y, más tarde, llama la policía militar preguntando por ella? Tú sabes que si la entregas probablemente la ejecuten. ¿Está entonces justificado mentir?; ¿hasta qué punto, entonces, esa necesidad de que el Imperativo Categórico se vea libre de causalidad no abocaría a convertir el precepto más importante de la Ética kantiana en una fuente de normativa estricta e incluso inhumana?

Para dilucidar este caso en concreto, me centraré en el segundo capítulo, el que el autor titula “Tránsito de la filosofía moral popular a una metafísica de las costumbres”, dentro de su “Fundamento para una metafísica de las costumbres”; donde coloca el hombre, como ser racional, como fin en sí mismo, para entender que, al considerar al ser humano como un fin en sí mismo, no deberíamos actuar de ninguna forma en la que, atendiendo a ningún otro fin, ni siquiera el respeto a la verdad, lo usáramos como medio. En tal caso, podríamos entender entonces que estaría entonces justificado mentir para salvaguardar la vida de esta persona.

Por otro lado se nos hace necesario dar respuesta a otra cuestión, que se plantea con facilidad en el desarrollo de su Ética: ¿se refiere el Imperativo Categórico a la necesidad de cumplir con un deber, al acatamiento de una Ley vigente, sin consideraciones ulteriores en cuanto a circunstancias particulares? Más aún ¿es al respeto a la Ley vigente a lo que se refiere Kant con el cumplimiento del deber en el Imperativo Categórico?

En este caso, si tomásemos una casuística como la de la eutanasia, podríamos razonar del siguiente modo: Un supuesto como el de la eutanasia es punible o no, dependiendo de que exista o no una mayoría, en el Congreso de los Diputados, que decida despenalizarla. Pero, tanto en el caso de que sea legal como en el de que sea ilegal, podemos llegar a la comprensión de que es posible actuar mal o bien, dependiendo de que exista o no una buena voluntad que guíe nuestra acción. Así, entendemos que es posible actuar mal de forma legal, si los motivos internos que impulsan el acto eutanásico son de índole egoísta (la persona eutanasiada resultaba un estorbo o el artífice necesitaba el dinero de la herencia…), o actuar bien de forma ilegal, si el acto está movido por un impulso de compasión hacia la persona eutanasiada. En el primer caso el fin es la herencia, la propia comodidad, y el ser humano un medio para conserguirlo; en el segundo caso, la persona en sí, su dignidad o su sufrimiento, es el fin en sí mismo.

En el caso anterior, atendiendo de nuevo al precepto que estipula que debemos tener al ser humano ante todo como un fin y no como un medio, también intento dilucidar el carácter legislativo o no legislativo del Imperativo Categórico.

Pero, tal vez, el cabo que desmadeje este enredo se encuentre en la comprensión adecuada de los conceptos de (deber-ser) y (causalidad sensible); y, a tal fin, los primeros puntos a analizar, entiendo, serían los conceptos de autonomía y heteronomía moral:

Si atendemos de nuevo a su texto.[2] podemos extraer dos pistas importantes a fin de dilucidar el significado último de su Imperativo Categórico:

En primer lugar, que no estamos hablando de normas externas. Por tanto no estamos hablando aquí, en cuanto al cumplimiento del deber, del cumplimiento de una norma legal, que, por otro lado, siempre sería fruto de juegos de mayorías y minorías o consensos puntuales, que se modifican según lo hace el marco legislativo que las promulga[3]. Kant en cambio habla de una moral metafísica, de un principio innato a todo ser racional sano psicológicamente, y es ahí donde coloca el principio de autonomía. Partiendo, pues, de esto como premisa, según se desprende, además, de su requisito de autolegislación, lo legal y lo moral no tienen por qué estar de acuerdo, dado que durante una época determinada, en un país, se dictan leyes iguales para todos sus habitantes y no todos comparten los mismos conceptos morales.

Pero entonces, si somos libres ¿cómo es posible que mi voluntad se halle constreñida por un IMPERATIVO  que obliga de modo categórico? ¿Es mi voluntad autónoma, entonces?

A fin de dilucidar tan importante extremo, tendríamos que irnos a la tercera parte del texto, aquella que Kant titula “Tránsito de la metafísica de las costumbres a la crítica de la razón práctica pura”.

Según se deduce de su texto, el ser humano libre es un ser moral, sin embargo, el propio Kant nos advierte que: “…no podríamos brindar una respuesta satisfactoria a quien nos preguntase por qué la validez universal de nuestras máximas, tomada como una ley, tendría que ser la condición restrictiva de nuestras acciones.”

Se entiende pues, que es aquí justamente donde debemos incidir para terminar de comprender el sentido último de su ética.

La primera disyuntiva que pone de manifiesto en su texto, es poner de relieve que, si bien nos consideramos libres en cuanto a los principios (causas eficientes), en cuanto a los fines, nos pensamos a nosotros mismos sometidos a leyes; luego seríamos seres libres en principios y sometidos en fines ¿o no?

Nos toca entonces dilucidar por qué el Imperativo procedente de nuestra voluntad autónoma no constriñe en modo alguno nuestra libertad, ya que de constreñirla entraríamos claramente en una aporía, ya que su moral depende por entero del concepto de libertad necesario para que pueda producirse la auto legislación autónoma, que nos convierte en seres morales; tanto es así, recordémoslo, que deja fuera de esa posibilidad a esclavos o personas que por algún tipo de contingencia psíquica no puedan considerarse enteramente libres.

Según Kant hallaremos esa pieza necesaria en un tipo de entendimiento al que él denomina “sentimiento” y que diferencia de las pulsiones o apetencias, atadas estas últimas a las causalidades sensibles. Kant describe ese “sentimiento” como “una espontaneidad tan pura que sobrepasa con mucho todo cuando pueda procurar la sensibilidad”.

La explicación del origen de tal “sentimiento” está en que uno debe entenderse a sí mismo como parte del mundo inteligible, y es ahí donde reside la clave de su libertad, pues ese sentimiento sería un nexo directo con ese mundo, que no podemos conocer con nuestra inteligencia, en tanto que sujeta a las contingencias de las causalidades inherentes a nuestra naturaleza sensible. Ese “sentimiento” sería, pues, una intuición de nuestra pertenencia al mundo inteligible, tan innato al ser humano como la misma moral. Según este autor, cuando nos pensamos seres libres nos estamos trasladando a ese mundo inteligible y es eso lo que nos proporciona la autonomía de la voluntad y el acceso a la moralidad como parte metafísica inmanente.

Yo suelo imaginar esta circunstancia pensando el mundo inteligible como una consciencia única a la que pertenece toda consciencia individual, como el inconsciente colectivo de Jung o el registro akáshico de la teosofía. La consciencia se conectaría a una realidad virtual donde, al cabo del tiempo, inmersa en los devenires del juego, olvidaría su naturaleza y se creería el personaje que ha asumido en el juego. El sentimiento al que se refiere Kant sería esa intuición presente, aunque relegada, a la que podríamos acceder solo desde el razonamiento, recordando que no somos el avatar sino quien maneja los mandos del juego. Ese acto de recuerdo, nos asentaría en otra naturaleza, la nuestra, y nos estaría proporcionando las condiciones para actuar con una libertad que no nos permite el juego.

Me gustaría, sin embargo, aquí hacer una cita textual, pues creo que es este uno de los párrafos fundamentales para comprender la naturaleza de ese imperativo que siendo tal, sin embargo, no constriña la libertad moral del individuo.

“¿Cómo es posible un imperativo categórico?

Y así son posibles los imperativos categóricos, gracias a que la idea de libertad me convierte en un miembro del mundo inteligible; si fuese únicamente tal, todas mis acciones serían siempre conformes a la autonomía de la voluntad, mas como quiera que me intuyo al mismo tiempo como miembro del mundo sensible, deben ser conformes a dicha autonomía.

Este «deber-ser» categórico representa una proposición sintética a priori, toda vez que sobre mi voluntad afectada por apetitos sensibles se añade todavía la idea de esa misma voluntad, pero pura en cuanto perteneciente al mundo inteligible. (Ak IV 452) (A 112)”

Kant propone, además, como una prueba de esa naturaleza en el ser humano o ser racional, el hecho de que ningún malvado dejaría de reconocer e incluso admitir, ante ejemplos de bondad y buena voluntad, que también a él le gustaría ser tal, solo que no se siente capaz de resistir las pulsiones de su naturaleza sensible y egoísta; sin embargo se intuye mejor persona de lo que es capaz de llegar a ser; es esa intuición la prueba de que existe ese ser, parte del mundo inteligible, aunque más o menos constreñido por la naturaleza sensible.

Para entenderlo de otro modo, quizás, todos intuimos en realidad esa naturaleza, a la que unos llaman empatía y otros consciencia; de hecho, su presencia es tan universal en el ser humano que se ha llegado a  patologizar su defecto como algo fuera de natura. Así, podemos comprender e incluso sentir compasión por enfermedades mentales como la esquizofrenia o la psicosis, aunque estas también mermen la libertad y capacidad de voluntad humana; pero percibiremos al psicópata como un monstruo porque lo intuimos como algo contra natura, como no formando parte de la naturaleza humana, pues, aun ignorándola, no somos capaces de comprendernos en ausencia de esa esencia moral.

Como vemos, toda controversia, dentro del Imperativo Categórico, entre la moral y la causalidad, al final no deja de ser una controversia entre noúmeno y fenómeno; en definitiva, entre el mundo inteligible y el mundo sensible y su incapacidad para comunicarse, que ya estaba presente en la metafísica de Platón.

Y es aquí donde comienza la última parte de su fundamento, que no es otra que entender como hacer posible la razón práctica. En otras palabras, cómo, siendo miembros del mundo sensible, podemos alcanzar esas leyes, que son universales en tanto parte de un mundo inteligible que compartimos con todos los miembros de la especie humana y, por tanto, ha de ser, por fuerza la misma para todos ellos.

Atendiendo entonces a esta última disyuntiva, Kant ve en esa libertad que nos conduce a percibirnos como miembros del mundo inteligible, la linterna necesaria para guiar nuestros actos y poder responder a las preguntas que se deriven de cada uno de los dilemas que podamos hallar en el desarrollo de nuestra moral.[4]

Sería entonces el primer y quizás único requisito necesario, para hacer posible la razón práctica, hacer uso de nuestra libertar para tener la voluntad de percibirnos como parte del mundo inteligible y de ese modo, querer es poder.

Después de esto, podríamos usar nuestro razonamiento, como miembros de ese mundo inteligible, para cribar nuestro imperativo moral de toda causalidad sensible o egoica, punto este necesario para conservar nuestra intuición de pertenencia al mundo inteligible, pues no olvidemos que el ego es el límite que separa, que determina la parte del todo.

Una vez dilucidado el complicado equilibrio al que intenta llegar Kant en su Ética, a modo de conclusión, me gustaría hacer referencia a una curiosa relación que, a mi entender, se puede observar entre la posibilidad del Imperativo Categórico y la Kabbalah y que además estimo que puede ayudar a comprender ese proceso de criba, sujeto a la necesidad de no olvidar nuestra pertenencia al mundo sensible, como condición de posibilidad del mismo.

Cuando percibí dicha relación, intenté dilucidar la posible relación entre Inmanuel Kant y la Kabbalah; pero Kant no era judío, sino Prusiano, de confesión pietista[5], y la Kabbalah, si bien es cierto que no se trata de ninguna religión, no lo es menos que, al igual que el Sufismo se relaciona con el pensamiento esotérico del Islam y el Gnosticismo con el cristiano, esta está directamente relacionada con los esenios y el judaísmo.

Sin embargo, en el proceso de búsqueda para documentar este trabajo me topé con un pequeño libro firmado por Jacques Derridá, titulado “Acabados seguido de Kant, el judío, el alemán”. En este pequeño libro-ensayo se recoge la conferencia dada en Jerusalén en 1988, «Interpretations at war. Kant, el judío, el alemán», donde se aborda el problema de la nacionalidad y el nacionalismo filosóficos a partir de un texto de Hermann Cohen («Deutschtum und Judentum»), y de la lectura que de él hace Franz Rosenzweig, del parentesco íntimo entre el espíritu alemán y el judaísmo en la figura de Immanuel Kant, «Moisés» del idealismo y teórico de la PAZ PERPETUA[6].

Fue en ese teórico de la PAZ PERPETUA donde encontré la clave; en eso y en el dato, nada baladí de que Kant había llegado a aprender hebreo, y digo que nada baladí porque el dato tiene su importancia, dado que  para la Kabbalah, en la línea de la propuesta filosófica de Wittgenstein, las palabras poseen en sí un fundamento natural.

En una segunda búsqueda encontré también un artículo firmado por Roberto R. Aramayo.

El artículo, titulado “El trasfondo de la filosofía kantiana en el compromiso político del pensamiento de Ernst Cassirer (Una presentación a su artículo sobre Judaísmo y los mitos políticos modernos”, traza una panorámica, invocando el espíritu de la Ilustración, en general y a Kant muy en particular. Aramayo basa su tesis del fundamento kantiano del pensamiento de Ernst Cassirer en un fragmento de “Crítica de la facultad de juzgar” [7]

Me decidí entonces a desarrollar esta relación entre el “Imperativo Categórico” kantiano y los fundamentos kabalísticos, porque entendí que quizás era una buena forma de comprender como el camino de la Kabbalah podía desarrollarse de forma paralela al el cribado del Imperativo de toda causalidad sensible, a fin de hacer posible la razón práctica.

Debo comenzar, entiendo, por el fin, en sentido teleológico, y exponer que el objetivo del estudio de la Kabbalah no es otro que conseguir LA PAZ PERPÉTUA.

A este fin, la epistemología de dicha escuela esotérica se basa en que toda la realidad se reduce a una esencia a la que podríamos definir como “autoexistente” (creadora y origen), a la que se define como Vasija de Otorgar. Para dicha vasija no existe otro deseo ni intención, otorgar es su naturaleza y la realiza sin ningún tipo de contraprestación ni intensión causal. Por otro lado estaría toda la existencia, lo creado, como Vasija de Recibir. Esta se iría colocando en orden descendente según el peso, de tal forma que, curiosamente, el lugar más bajo de esta escala lo ocuparía el hombre totalmente atrapado en el círculo de deseos, apetitos y pasiones:

En esa escala, los minerales ocuparían el primer nivel de bajada ya que su vasija solo soporta el peso del deseo de recibir existencia; las plantas ocuparían el segundo nivel, en virtud de su deseo de recibir existencia, alimento, agua y luz; el reino animal aumentaría el peso de la vasija, ocupando la tercera y, al final, con un peso proporcional a un nivel de los deseos casi ilimitados, estaría el hombre en sus estados más egoicos.

Es aquí donde comienza lo interesante, ya que es el mismo hombre, que sigue perteneciendo de alguna forma al principio autoexiste, quien, intuyéndose como parte del mismo, debe usar su libertad para iniciar el camino de ascenso; a fin de retornar a su origen como vasija de otorgar y, para ello, debe hacer uso de su voluntad. Dicha opción, además, no está disponible para el resto de los elementos, a pesar de estar  en un nivel superior en esa escala de bajada, debido a la ausencia de voluntad, libre de su naturaleza sensible.

Y ¿dónde estriba la diferencia entre el deseo de recibir y el deseo de otorgar? La respuesta de la Kabbalah es en LA INTENCIÓN, o dicho de otro modo, la voluntad de la que hablaba Kant, y aquí es donde comienzan las similitudes con la búsqueda del Imperativo Categórico, y si, a partir de ahora, Kant comienza a complicar las cosas buscando que ese imperativo esté libre de causalidad sensible, la Kábbalah también comienza a complicar el camino de ascenso de la Vasija de Recibir que ha usado su voluntad para comenzar el ascenso para convertirse en Vasija de Otorgar.

El objetivo es quitar peso a la Vasija de Recibir para que pueda ascender, y el peso, ya lo hemos especificado, lo implementan los deseos de naturaleza sensible:

El primer paso, pues, consistirá en la renuncia del interés crematístico: la persona renuncia a recibir compensación por sus acciones, pero aquí la Kabbalah le dirá “No, no esperas compensación material, pero esperas un gesto de agradecimiento, y eso sigue siendo Vasija de Recibir

Entonces el acolito comienza a otorgar sin esperar tampoco agradecimiento, pero la Kabbalah le dirá “No, no esperas que te agradezcan pero buscas saber que tus actos llegaron a afectar exactamente donde habías decidido, para sentirte satisfecho, y la satisfacción personal sigue siendo Vasija de Recibir.

Decides entonces otorgar sin interesarte por el destino de su otorgamiento, pero la Kabbalah le dirá: “No, renunciaste a controlar aquello que otorgaste, pero otorgaste porque te sientes bien pensando que eres una buena persona, eso te proporciona placer, y sigue siendo Vasija de Recibir.

De este modo la Kabbalah va trabajando cada causalidad sensible que se esconde detrás de cada acto, para que, poco a poco, la Vasija de Recibir vaya perdiendo peso y posibilitando su transformación en Vasija de Otorgar. Pero para que esto llegue a suceder el acto de otorgar tiene que justificarse por sí mismo; libre de cualquier causalidad sensible, lo que parece indicar una clara correspondencia con el Imperativo Categórico.

Bajo mi punto de vista, esta correspondencia puede ayudarnos a comprender el sentido de la liberación causal del Imperativo Categórico, no como un desprendimiento de todo condicionante no normativo en el cumplimiento del deber; sino, muy al contrario, como una liberación tanto de condicionantes normativos externos como de sometimientos interno procedentes de nuestra naturaleza sensible.

Quisiera concluir este trabajo con unas frases del propio Inmanuel Kant, publicadas como parte de un texto, en 1784, bajo el título ¿Qué es la ilustración?

“…Ilustración significa el abandono, por parte del hombre, de su minoría de edad. Esta minoría de edad significa la capacidad para servirse de su entendimiento, sin verse guiado por algún otro…

…¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la ilustración.”

Luego, a la pregunta ¿Vivimos en una época ilustrada? Kant contestaría “No, pero vivimos en una época de ilustración.”

Bibliografía:

Inmanuel Kant, “Fundamento para una metafísica de las Costumbres” Versión castellana y estudio preliminar de Roberto R. Aramayo; editado por Alianza Editorial (libro de bolsillo).

Jacques Derridá, “Acabados seguido de Kant, el judío, el alemán” Traducción de Patricio Peñalver; editado por MínimaTrotta.

Roberto R. Aramayo, “El trasfondo de la filosofía kantiana en el compromiso político del pensamiento de Ernst Cassirer (Una presentación a su artículo sobre Judaísmo y los mitos políticos modernos”.

[1]  Capítulo tres “Tránsito de la metafísica de las costumbres a la crítica de la razón práctica pura”, dentro del texto “Fundamentación para una metafísica de las costumbres”

[2] Ibid (Ak. IV, 441) (A 89)

[3] Con el tiempo, el neokantismo ha buscado la salida al laberinto kantiano acercando su ética (razón práctica individual) a la razón dialógica de Hábermas. Sin embargo, entiendo que esta deriva se aparta del espíritu kantiano al necesitar renunciar a parte de los dictados puros de la razón autónoma para llegar a un consenso dialógico. En este supuesto, si iniciamos el interrogatorio que debe seguir todo Imperativo, para averiguar su naturaleza, llegaríamos a la conclusión de que renunciamos a parte de los dictados de nuestra razón a fin de llegar a acuerdos, y que buscamos llegar a acuerdos para posibilitar un entendimiento; que queremos ese entendimiento para poder vivir en paz, y que queremos vivir en paz para alcanzar la felicidad. Con lo que la ética así alcanzada pasaría a ser una ética teleológica al estilo de la propuesta por Aristóteles, en lugar de deontológica, que es la que Kant propugnaba.

[4] “La imposibilidad subjetiva de explicar la libertad de la voluntad equivale a la  imposibilidad de arbitrar y  hacer concebible un I interés/que el hombre pueda adquirir por las leyes morales; y sin embargo, el hombre adquiere de hecho un interés por ello y a los rudimentos de tal cosa dentro de nosotros lo llamamos «sentimiento moral», al que algunos han hecho pasar falsamente por la pauta de nuestro enjuiciamiento moral…<Ak.IV 460> [A 122]”

[5] Una rama del luteranismo.

[6] “…El pensamiento fundamental del judaísmo, si hay uno, y si se lo interpreta con Cohen, estaría extendido entre dos polos: la libertad del alma en la relación inmediata con Dios.

[7] “Acaso no haya en el código de los judíos otro pasaje más sublime que éste: “no debes construirte ninguna imagen plástica, ni tan siquiera una alegoría, de aquello que está en el cielo, en la tierra o bajo las aguas” (Éxodo 20, 4), lo cual explica el entusiasmo del pueblo judío (…). Y esto vale igualmente para la representación de la ley moral en nuestra disposición a la moralidad. Allí donde los sentidos no ven nada, resta inconfundible la idea de moralidad (…). De ahí que los gobiernos permitan que la religión se revista con toda clase de ornamentos, privándonos con ello del empeño y la capacidad de sobrepasar las barreras arbitrarias que se nos imponen, toda vez que la pasividad nos hace mucho más manejables. Kant, Crítica de la facultad de juzgar, Ak. V 274-2751).

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