Un mundo cultural en mi cocina

Cuando recibí el encargo de hacer un trabajo de campo antropológico sobre el mundo desde mi cocina, pensé en ella, en mi cocina, se entiende; cómo la veo yo y como la ve el resto de mi familia, y decidí que dentro de un hábitat tan pequeña podría existir tanta diversidad como la que pueda haber en lugares separados por un océano. Al final la diferencia es más una forma de ver que una forma de estar y existen muchas formas de ver dentro de una misma cultura, familia e incluso dentro de una misma cocina.

Así que me dispuse a recoger los datos que necesitaba y para ello, en primer lugar, y cumpliendo con el código ético aprobado por la AAA, decidí informar a mi familia de que pretendía hacer un estudio de nuestra cocina, su funcionamiento y nuestro comportamiento dentro de la misma. Esto, por supuesto, invalidó el primer intento, ya que la forma de vivir la cocina de ninguno de ellos reflejó ese día el comportamiento habitual.

Decidí dar el día por perdido y comenzar con una descripción, tanto funcional como formal u ornamental, con la esperanza de que ayudara a comprender su contexto familiar.

A estos efectos, diría que mi cocina ha cambiado a lo largo del tiempo, aunque siempre ha ocupado un lugar importante tanto espacial como en protagonismo.

Es grande, dentro del equilibrio de los espacios disponibles en el conjunto de la vivienda, claramente una de las estancias más importantes.

La cocina primigenia disponía de una barra junto a una ventana con vistas al jardín, sin mueble debajo, ideada para compartir una copa y alguna charla; fue idea mía, lo que indica que se trata de un lugar agradable para mí.

Con el paso del tiempo y las distintas reformas, la barra se mantuvo, sin embargo, en lo que, sin duda, ha supuesto una deriva más funcional; ahora dispone de un enchufe incrustado y varias puertas de almacenamiento en la parte inferior de la misma. Supongo que, con el tiempo, decidí dejar de lado el romanticismo inicial para sustituirlo por una comodidad más pragmática, doblegándome a la evidencia de que cuando me tomaba una copa entre fogones, siempre lo hacía mientras cortábamos, removíamos o colocábamos algún alimento, lo que, claramente, vaciaba de sentido un espacio equipado con dos banquitos que rara vez llegamos a usar.

También los muebles fueron modificando su fisonomía. En la cocina primitiva había una mesa con cuatro sillas, que desapareció cuando descubrí que prefería usar para ese menester la mesa del patio, si el tiempo lo permitía, o la del salón, junto a la chimenea si el clima requería de más abrigo. Así que en su lugar colocamos un frigorífico de dos puertas, como respuesta a la necesidad de almacenaje de alimentos cocinados y congelados para dejar tiempo y espacio a otras inquietudes más culturales.

También la forma y distribución de los muebles y electrodomésticos fueron adaptándose a una mirada más pragmática que idealista. En la primera cocina los muebles eran muy altos, pero, con el tiempo, descubrí que me resultaba engorroso buscar una escalera para alcanzar los utensilios que necesitaba; así que las versiones posteriores perdieron una balda y ganaron en accesibilidad y ergonomía.

El antiguo horno estaba situado bajo la vitrocerámica. Era grande, pero necesitaba acuclillarme para usarlo; así que en versiones posteriores coloqué el horno en un lugar estratégico, a la altura de mis bazos en posición de descanso, en una columna entre la campana y la ventana del jardín y usé el hueco bajo la vitrocerámica para colocar grandes cajoneras, donde almacenar cómodamente las titánicas ollas y cacerolas que fui adquiriendo como equipamiento, a fin de rentabilizar el tiempo entre fogones.

Al tiempo que crecían ollas y cacerolas, también lo hizo la campana extractora y el fregadero, que anteriormente había sido de dos senos y que terminó lleno de golpes y lascas, al no adaptarse bien al tamaño de los utensilios que debía fregar en ellos: así que decidí sustituirlos por uno solo pero enorme, equipado con un grifo extraíble que me permitiera direccionar el agua según las necesidades.

Junto al fregadero colocamos un pequeño grifo de agua osmotizada, procedente de un mecanismo con filtros colocados bajo el mueble del fregadero, ya que solemos llenar botellas de cristal azul y dejarlas recibiendo los rayos del sol antes de meterlas en el frigorífico, listas para el consumo.

Los muebles anteriores eran bajos y la a zona de trabajo quedaba a una altura incómoda, dejando poco espacio entre la encimera y la base de los muebles superiores, así que, aprovechando la desaparición de la balda superior, colocamos la encimera más alta, dejando más espacio entre esta y el mueble superior, que aproveché para adosar una barra metálica, rodeando todo el perímetro utilizable, para colgar cazos cucharones y cuchillos.

Junto a la puerta que conduce al patio tenemos alacena que aprovecha el hueco bajo la escalera de subida a la segunda planta; en ella guardamos desde las maletas hasta cervezas, leche o fiambreras vacías.

Junto a la columna donde se encuentran el horno y el microondas, una máquina de café y un robot de cocina ocupan sus respectivos espacios.

Al otro lado de la vitrocerámica, una freidora redonda, con sistema industrial de agua para atrapar olores, ocupa otro espacio sobre la encimera. En invierno, también tenemos exprimidor de naranjas y una tabla jamonera con lo que, al final, siempre terminamos quejándonos de falta de espacio.

Los muebles son lisos, sin dibujos ni entrantes donde puedan acumularse la grasa o el polvo.

En el extremo interior, junto a la puerta del patio, un lavavajillas ejerce sus funciones una o dos veces al día; en el techo un enorme plafón y una tira alógena, sobre el fregadero, proporcionan una buena iluminación.

Sin embargo, lo más personal de mi cocina está en los elementos menos funcionales o funcionales en segunda instancia. Sobre los muebles superiores conservo una quesera de cerámica y un cántaro de barro con un asa rota, recuerdos ambos, de las abuelas ausentes; junto a ellos una botella de cristal con cobertura de nea, recuerdo de mi primer viaje a Roma, el año que me quedé embarazada de mi hijo mayor y una vasija con seis tazas de barro, para realizar queimadas, que pertenecía a mi suegro. Por último, colgado en la pared, junto a la campana, un cuadro pintado acabado como colage, que convertí en platero y colgador para las tazas y platos de café, usando una estantería metálica para almacenar Cds y varios pequeños percheros de hierro forjado.

Una vez completada mi descripción, para completar mi trabajo de campo no tuve que esperar mucho, todos se olvidaron enseguida de que andaba apuntando y volvieron a la normalidad.

Decidí recoger los datos de un día de labor al inicio del fin de semana, que es cuando solemos compartirla, ya que el resto de la semana, las distintas ocupaciones suelen impedirlo. El día elegido, tanto mi marido como yo teletrabajábamos; nos ahorrábamos el tiempo de desplazamiento, así que previsiblemente podríamos comenzar el fin de semana un poco más temprano que de costumbre. Mis hijos andaban ambos en el salón, cada uno entretenido en un quehacer diferente.

Ese día, cuando comencé a preparar para el almuerzo, mi marido aún andaba inmerso en jaleos laborales.

Yo suelo organizar las comidas y, si estoy en casa, también marco los tiempos de preparación. También soy quien decido qué vamos a preparar y quien realizo la lista con los ingredientes que necesitaremos para la semana.

Sin embargo, si no atendemos a los roles del resto de la casa, puede darse la impresión, equivocada por más, de que se trata de una casa tradicional donde yo me encargo de todas las tareas, mientras el resto de miembros se limitan a un papel de colaboradores, así que se hace necesaria un pequeño inciso para poner en contexto la cocina dentro del hogar.

Cuando decidimos compartir nuestras vidas también analizamos la mejor manera de hacerlo; ambos trabajábamos y ambos hemos ido compatibilizando nuestras obligaciones con inquietudes culturales, artísticas o educativas; así que se imponía una buena labor distributiva. En esos momentos pusimos sobre la mesa muchas opciones y entre ellas la de repartir las distintas tareas alternando períodos de tiempo para cada una; sin embargo, al final decidimos que era absurdo hacerlo de este modo ya que existía una mejor forma de conseguir que la distribución fuera equitativa, atendiendo también a nuestros gustos y habilidades.

De esa forma llegamos a la conclusión de que yo disfrutaba cocinando y lo hacía mejor, mientras él era mucho más eficiente organizando y llevando a cabo las compras, tarea que a mi me disgusta profundamente. Y, de este modo, fuimos decidiendo cada actividad en función a las habilidades y gustos de cada uno, alcanzando consensos que podían hacernos más agradable a ambos la convivencia.

Aclarado el contexto y volviendo a la cocina, cuando comenzamos con la preparación, soy yo quien ejecuto o reparto las tareas necesarias, mientras mi marido se suele encargar de ejercer de pinche al tiempo que procura hacer el ambiente más agradable. El día del estudio, sin embargo, surgió un problema de última hora en su trabajo y me pidió que fuera metiendo yo la botella de manzanilla en el congelador, para darle el último punto de frío.

Ese día había decidido hacer patatas fritas con huevo y un aliño de tomates con melva. Había ido a la frutería la tarde anterior y comprado dos tipos de patatas distintas, así que decidí probar si alguna de ellas era apta para freírlas en forma de chips.

Le pedí a mis hijos que me ayudaran pelando cuatro patatas de cada tipo, sin mezclarlas, y cortaran solo una de cada para poder hacer una prueba antes de decidir cómo cortaría el resto; pero el enredo que a mí me había parecido interesante, a ellos les resultó un incordio innecesario; así que mi hija se dio cuenta de que había ropa por tender y decidió que era el momento adecuado para hacerlo, mientras mi hijo, que había comenzado a quitar el lavavajillas, sintió la necesidad acuciante de entrar en el baño.

Me pareció ser testigo de un deja vu al darme cuenta de que me había quedado sola en la cocina y les recordé que era hora de preparar el almuerzo y que el resto de tareas podía esperar. Entonces me agaché para coger un recipiente de la alacena y me di cuenta de que mi hijo había confundido las fiambreras con jabalinas y había estado ensayando algunos lanzamientos no demasiado afortunados.

Volví a pedir ayuda y mi hija se acordó de que había dejado un trabajo de clase sin recoger mientras mi hijo olvidaba de que había dejado a medias el lavavajillas y reía viendo un vídeo en YouTube.

Me enfadé un poco, pero entonces llegó mi marido, que ya había terminado, y corrió a ocuparse de servir un par de copas de manzanilla. Le di las gracias y le aclaré que a Dios rezando y con el mazo dando y que, entre sorbo y sorbo, fuera ayudando. Para entonces mis hijos aún no habían encontrado el camino a la cocina. Estuve tentada de repetirles que tenía intención de apuntar todo para mi trabajo de Antropología, pero mi voluntad científica pudo más y guardé silencio. Al poco decidí que era viernes y tanto me daba comer una hora más tarde. Ambas cosas sirvieron para hacer algún chiste, distender el ambiente y terminar de preparar la comida entre risas.

Más allá de las bromas, este trabajo me ha permitido comprobar algunas cosas.

En primer lugar y atendiendo a lo recogido por Stuart Hall, en su ensayo sobre las diferencias “El espectáculo del otro” que en una cocina caben muchos mundos y que para mí la cocina cumple una función y tiene una importancia que no es compartida en la misma medida por los demás miembros de mi familia y que también es posible que mi diligencia dentro de ella consigua que el resto se sienta un tanto descolocado.

También es un claro ejemplo de que la elaboración de nuestra identidad siempre es una tarea relativa. Soy buena cocinera porque mi tarea se pone en relación con el resto de miembros de mi familia pero, seguramente, en un contexto diferente, mis habilidades culinarias podrían pasar por demasiado básicas o faltas de técnica. Mi marido en cambio se considera a sí mismo peor cocinero en relación a mi destreza, pero cuando vivía con su hermano (sus padres debían viajar con frecuencia), era él quien se encargaba de que en su casa se comiera de forma organizada y equilibrada, tarea que suele ejercer en casa cuando yo estoy en periodo de exámenes. Cuando yo estoy en la cocina su identidad es secundaria, pero cuando coge el testigo, toma el mando y se encarga de que todo esté listo y que se respeten unos horarios razonables.

En el mismo sentido, cuando yo voy a hacer la compra, aunque me fastidia encargarme de dicha tarea, la llevo a cabo con eficacia; cierto es que seguramente tardando más y gastando innecesariamente; pero cuando vamos los dos, dado que él conoce los supermercados mejor, termino entreteniéndome mientras él acude a coger lo que necesitamos de forma rápida y eficaz.

En definitiva, seguramente, tal como ya apuntaba Stuar  Hall en su texto, el significado no pertenece a ningún hablante, o actuante en este caso, sino que emerge de la interacción.

Así que, en mi cocina, el rol de cada cual se determina, en gran medida, en función su interacción conmigo, y es en esa relación en la que a mi marido le gusta ayudar, pero no hacerse cargo; para mis hijos es un lugar donde tienen que cumplir una serie de cometidos de forma preceptiva, pero que les resultan incómodos e intentan despachar con la máxima premura.

También refleja la visión dinámica que indefectiblemente va unida a toda construcción cultural, como constructor negociado de sus actores, tal como ya apuntara  J.L. Peacok.

En este sentido, se podría hacer un análisis en términos de igualdad de géneros y trasladarlo directamente al conjunto de la población. Veríamos entonces, tal vez, como la cocina ha ido poblándose hasta que ya ningún miembro de la familia se atrevería a manifestar su desacuerdo con que lo que allí ocurre le concierne, pero donde aún se perciben claros indicios, en el comportamiento de la mayoría de sus miembros, de tener la sensación de estar adentrándose en un terreno desconocido que siempre provoca desconfianza y se donde prefiere pasar el menor tiempo posible; sintiéndose, en ocasiones, un jarrón chino en el pasillo de una casa con niños pequeños, vamos, lo que viene llamándose un estorbo.

Por otro lado, tanto en la cocina, como en el resto de la casa y de la sociedad, sigue percibiéndose una falta de iniciativa a la hora de afrontar las tareas que tradicionalmente se le atribuyeron a la mujer y, si bien es posible compartir la ejecución, la iniciativa y el liderazgo sigue recayendo, en gran medida, sobre nuestros hombros.

Cuando mi suegra vivía aún, pero ya llevaba años enferma y hacía tiempo que había dejado de encargarse de la mayoría de las elaboraciones culinarias, que habían pasado a convertirse en tarea de mi suegro; yo comprobaba constantemente, sin embargo, como su presencia seguía siendo imprescindible. Ella llegaba a la cocina, se sentaba en un banquito y comenzaba a organizar la comida e iba indicando qué y cómo debía prepararse. Al cabo de los años, mi suegro ya sabía como ocuparse por completo de cada elaboración pero seguía necesitando que ella estuviese presente. Unas Navidades, ella no se encontraba con ánimos para acompañarlo y decidió quedarse en el salón; recuerdo que mi suegro parecía un perrillo extraviado, no sabía por dónde comenzar la tarea, hasta que, apiadándome de la situación, me metí con él en la cocina, a pesar de que yo no sabía donde quedaba nada. En realidad solo tuve que indicarle el orden de cada elaboración; él se encargó de todo, pero respiró aliviado con mi presencia.

Tal vez no en la misma medida, pero yo sigo percibiendo este rol; puedo poner a todos a trabajar siembre que yo sigua ejerciendo de chef.

En cualquier caso, la cocina quizás es la estancia común en la que más me siento reflejada; en  parte porque el resto conserva la mezcla de cuatro personalidades distintas, aunque integradas, mientras esta estancia es un espacio pisado con prevención y no mucho interés por el resto de la familia.

Sin embargo, en el transcurso del desarrollo de este trabajo, ocurrió una eventualidad inesperada que me obligó a guardar reposo. Durante ese periodo la casa siguió funcionando y mi familia se encargó de la cocina; de forma distinta, indudablemente, pero se encargó y resolvió. Así que tal vez es cierta esa significación relacional a la que me refería anteriormente y,  al cambiar los actores, también cambia la relación entre ellos, redistribuyendo tanto los espacios como los significados.

La cocina es para mí, junto al despacho donde escribo o el estudio, donde pinto, otra estancia donde desarrollar mi creatividad. Además es un laboratorio para cuidar la salud de mi familia y el enclave donde se dan cita gran parte de los momentos entrañables en mi casa, así que supongo que fui yo, en gran medida, quien elegí el juego de significantes y significados que se desarrolla dentro de la misma, aunque en ocasiones me queje.

Intenté también llevar mi experiencia a lo estudiado y pensar nuestra relación con la cocina, por qué no, en términos de gramática de identidad/alteridad propuesta por Gerd Baumann. Pensé en el englobamiento, como un (todo que pasa, en última instancia, por mí) o en la segmentación, pensando en el curioso juego de alianzas entre mis hijos, mi marido y yo, que cambian según se esté a un lado u otro de puerta de la cocina; en este sentido resulta bastante curioso observar cómo mis hijos pueden ser aliados a este lado de la puerta y rivales según cruzan al otro. Al final decidí que nuestra relación en la cocina pasa claramente por un Orientalismo; tal vez un “tú aún no eres tan resolutivo”, y un “yo ya no soy tan espontánea”: Es cierto que yo soy capaz de hacer una comida mientras preparo otra, rentabilizando los tiempos al máximo, pero también que los días que más me gusta cocinar son los que estamos todos en casa y mi marido prepara un aperitivo mientras ayuda a partir o pelar y los niños bromean mientras cocinamos. Entonces caí en la cuenta de que mis viernes estaba plagado de rituales y la cocina era el altar donde se realizaban casi todos ellos.

Decía Emile Durkheim que las sociedades reconocen un dominio sagrado, pero que las especificidades de dicho dominio varían de unas a otras. Creía que las sociedades nativas australianas habían conservado las formas más elementales pues sus objetos no eran sobrenaturales sino entidades del mundo real que habían adquirido un significado religioso para el grupo social. Pues, sin duda, todo lo que ocurre el viernes en mi cocina es un ritual de paso a un espacio vital diferente que comienza con la presencia de todos; circunstancia que el trabajo, los estudios y devenires de nuestra cotidianidad impiden durante el resto de la semana. Continúa con esa copa de manzanilla bien fría, pues no nos permitimos beber durante el resto de la semana; continúa con la preparación de un plato rico (suelo preparar patatas y huevos fritos) para el que no hay tiempo de lunes a jueves y con el que nos saltamos un poco el régimen de esos días de labor y concluye compartiendo un episodio de alguna serie que luego comentamos y discutimos.

La comida del viernes es sin duda un ritual que da paso al espacio de mi vida privada, de los tiempos compartidos y no estaría completo sin alguno de sus elementos. Así que respiré hondo, di un sorbo a la copa de manzanilla. Antes de salir miré la maceta llena de tréboles en la ventana y decidí que allí me sentía bien.

AS I- TRABAJO DE EVALUACIÓN CONTINUA 2020-21

 

BIBLIOGRAFÍA:

“Introducción a la Antropología cultural. Espejo para la humanidad”, Conrad Phillip Kottak. Religión, pag. 187.

“Gramática de identidad alteridad. Un enfoque estructural” Gerd Baumann.

“El espectáculo del otro” Stuart Hall.

“El Método” J.L. Peacok.

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