Y pasó una feria más

Y pasó una feria más. Sí, porque en Mairena los años se cuentan por ferias.

Este año con alguna ausencia relevante, aunque el domingo lucí su traje para que ella también pudiera darse una vuelta por el real.

Por muchos motivos, esta era una feria especial: el primero de ellos es que desde el final de la pasada tomé un compromiso y me embarqué de lleno en el proyecto de escribir la crónica de nuestra caseta a través de la historia de sus socios fundadores y a lo largo de estos meses he ido realizando decenas de entrevistas y escuchado horas y más horas de grabación, y eso, por fuerza, ha terminado uniéndome a cada uno de ellos. Seguramente esos tintes de nueva intimidad dan a las gafas con las que se mira la realidad reflejos más entrañables, que duda cabe.

En cualquier caso, ya fuera este el motivo o que cuando te empeñas en ver la realidad desde el cariño, el cielo suele gustar de adornarla con momentos llenos de encanto, lo cierto es que esta feria estuvo colmada de ellos.

Empezar, lo que se dice empezar, ya todos en Mairena saben que en la Martona empezamos mes y medio antes de que nadie estipule que estamos en feria: que si hay que poner una bombilla, pues aprovechamos y hacemos un guiso; que no sea que lleguen los farolillos, pues vamos y hacemos otro; que ya no quedan farolillos por poner ni flores que colgar, ¡ea! pues lo celebramos con otro guiso…

Pero comenzar, lo que se dice comenzar, la feria se inició el día del “Pescaíto”; y fue está una jornada inolvidable por muchos motivos.

Quienes me conocéis sabéis que si bien no sé muy bien si definirme en mis pasiones como pintora, escritora o fotógrafa, sin duda, podría definir mi vocación como “observadora del hechizo de la vida”, y esa noche pude observar mucho y atesoré cada momento observado.

Por observar, observé como una bella mujer contaba y cantaba a sus raíces. Cuentos y cantos de niñez y juventud vividas entre los muros de nuestra caseta que llenaban de orgullo a unos padres que veían como sus hijos cogían el testigo de sus ilusiones de juventud para llevarlo a lo más alto de sus vidas. Cuentos y cantos que homenajeaban a quienes les dieron la vida, sí, pero también al grupo que, junto a ellos, mimaron y cuidaron la amistad y convivencia de la que ahora disfrutan ellos y sus propios hijos. Tres generaciones de Martoneras y Martoneros.

Fui testigo del merecido homenaje a dos veteranos de la caseta, por toda una vida dándonos de comer y velando por nuestras cuentas.

Esa noche vivimos la emoción del cariño compartido por un grupo, que no solo se reúne para comer, beber y bailar juntos, que también celebra la vida y protege a su gente.

No, ya sé que esto no lo va a comprender nadie fuera de esta tierra, porque solo nosotros sabemos que la familia de feria es otra familia. Que algunos tal vez nos veamos solo en fechas muy precisas, pero no por ello dejamos de ser eso, una familia.

Esa noche también pude conversar con alguien muy especial, alguien que lleva más de un año peleando duro en los escarpados riscos de la enfermedad y, entre bailes, risas y brindis le fui contando el desarrollo del libro que, como homenaje a los socios de mi caseta, tenía entre manos. Y me llenó de alegría ver de nuevo las ganas y la vitalidad en su mirada y escucharle decir -¿y cuando hacemos el corto para ese libro?-.

Esta feria me regaló ratos entrañables y divertidos. Conversé con amigas con las que hacía tiempo que no hablaba “largo y tendido” y compartí abrazos y corazón con dos buenos amigos a quienes algún insensato se atrevió a golpear en su intimidad (pobre desgraciado que no entiende que quien tira piedras recoge riscos). Pero como la gente grande es grande pase lo que pase y pese a quien pese, a pesar de no pasar por los mejores momentos, cuando le contaba de este libro que comenzó como algo muy pequeñito y comienza a convertirse en algo muy grande, al menos en lo emotivo. Cuando le conté que quería presentarlo con la presencia de todos y preparando algo especial, me miró con esa sonrisa pícara, que forma parte de él mismo tanto como el albero de la feria o el azahar de los naranjos, y de corrido me preguntó -¿y que vamos a cantar?-

Y yo…. y yo solo pude pensar que soy una persona muy afortunada.

Que la vida siempre me ha regalado mucho y me ha rodeado de cariño, y que está feria sentí la ternura en la mirada de cada amigo y cada socio de mi hogar en la feria.

Para concluir un gran año, porque en Mairena los años se cuentan por ferias, pasé las ultimas horas del domingo conversando, bebiendo y riendo “de Rebote” con otros buenos amigos.

Y como broche de oro, pude contemplar los fuegos artificiales, escuchando las Sevillanas que Javier Labandón le escribiera a nuestra feria y a nuestra tierra junto a su autor. Y por observar, observé que tampoco él pudo escapar al embrujo de este pueblo y está feria.

Al concluir los fuegos les pedí, a él y a su señora, que posaran juntos para mí, y ella, sorprendida, me espetó: “pues yo creí que me ibas a pedir que te hiciera yo a ti una foto junto a él”.

Ya, si ya sé que no es lo habitual, pero seguro que quienes me conocéis bien sí que lo entendéis.

Porque yo… Yo tan solo soy una observadora del hechizo de la vida.

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